Aún
recuerdo como si fuera ayer, aquella calurosa tarde de Agosto de 1997, cuando
me subí en un tren con dos amigos, en dirección a Francia.
Yo
no sabía ni a donde iba, porque me había apuntado a última hora a aquel
viaje, pero entre trasbordo y trasbordo de tren, me fueron explicando qué era
el camino de Santiago, aunque hasta que no te pones a andar, y te cruzas con
otros peregrinos, no llegas a comprender lo que significa.
Para
mí, una experiencia que no olvidaré jamás y que todos deberían vivir por
lo menos, una vez en la vida.