De
repente sonó el despertador rompiendo el silencio de mi habitación y tuve
que abrir los ojos, recuerdo que el reloj de la mesita marcaba las cinco y
media de lo que iba a ser una fría mañana de de diciembre.
Como en todas las carreras importantes, la noche anterior me había dejado
todo el equipo preparado en la bolsa, así ahora sólo tenía que vestirme y
cumplir con el ritual del desayuno.
Después de despedirme de mi madre me monto en mi coche, las calles están
desiertas, no en vano el termómetro marca dos grados positivos. Sólo un
reducido grupo de aguerridos noctámbulos apuran las últimas horas de fiesta
y me hacen recordar épocas pasadas mientras conduzco en las oscuridad de la
noche.
Cuando amanece ya estoy en Segorbe, buscando un lugar donde aparcar. Ahora
otro clásico ritual, recoger el dorsal, cambiarse, calentar, volver a
cambiarse y buscar la línea de salida. Pero esta no es una carrera más. Va a
ser, mi primera maratón de montaña y tenia claro que quería ganar, que lo
iba a dar todo desde el primer metro para conseguir la victoria, como lo he
hecho siempre en mi carrera deportiva y en la vida por que sólo así, cuando
pasen los años y miremos hacia atrás podremos decir que fuimos honestos con
nosotros mismos y con los demás.
Y eso
hice, al sonar el disparo de salida, ponerme en cabeza del pelotón, con la
intención de marcar un ritmo lo suficientemente fuerte como para hacer una
primera selección.
Ya en el primer kilómetro, a la salida de Segorbe, el grupo de cabeza se había
reducido a solo cinco elementos.
Pero fue en el tercer kilómetro, al empezar a estrecharse los senderos cuando
decidí marcharme del grupo, en una maniobra casi suicida como se demostraría
mas tarde, aunque en aquel instante creí que era una buena idea.
Y así, en solitario y en cabeza, como siempre me ha gustado correr, iban
pasando los kilómetros entre bosques, pistas, vaguadas y senderos cubiertos
por un manto blanco de roció congelado.
Pero todo era demasiado bonito para ser cierto, mi organismo en simbiosis con
la naturaleza y el cosmos, casi había olvidado que estaba disputando una
maratón, y en un instante creí haberlo perdido todo, cuando deje de ver las
balizas rojas y blancas que indicaban el camino.
Vuelta a tras en busca de la ruta a toda velocidad, pues esta es una carrera
que ni puedo, ni debo perder.
Sin llegar a perder el control por lo frustrante de la situación que me ha
tocado vivir, me reincorporo al grupo de cabeza, pero estoy pasando los peores
momentos, no puedo mantener su ritmo y me voy quedando atrás.
Cuando salgo del rió por el cual era imposible correr, voy en tercera posición
y comienza la verdadera subida al pico Espadan.
Poco a poco y apretando los dientes, en la dura ascensión logro recuperar el
terreno perdido y paso por la cumbre en segundo lugar, para lanzarme a un
descenso casi suicida.
En el control de avituallamiento del kilómetro 25, el terreno se suaviza y ya
solo quedamos tres en el grupo de cabeza, para disputarnos la victoria.
Es el momento de hacer valer mi mayor punta de velocidad, y asestar un hachazo
definitivo a la carrera.
Y así fue, cuando el sol empezó a calentar, aquella fría mañana de
diciembre, yo corría otra vez en solitario, por las montañas, en busca de la
victoria.
Pero esta vez no me iba ha perder.
Ahora
podría aburriros contándoos lo duro y solitario que es preparar una maratón
de montaña, y lo difícil que es ganarla pero no es el momento.
Cuando
las cosas van bien y la vida te sonríe es el momento de acordarse de toda esa
gente que ha estado ahí, en los momentos difíciles, de mi familia, de mis
amigos. Sin vuestro apoyo habría sido imposible llegar hasta aquí, por eso
esta victoria no la quiero para mí, sino que es para todos vosotros.
Gracias
por vuestra amistad y cariño.